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Grigori Wassiljewitsch, Fischer, 1840

Algo fugaz / Eduardo Villaraldo

C apareció y permaneció en mi vida como una lluvia en invierno.
Algunas noches, cuando regresaba a casa y no me vencía el sueño, le contaba a Jaja de ella. Le conté, por ejemplo, de aquel día que me persuadió para ir a una tocada de un músico local, y bebimos tantos litros de cerveza que agoté mi dinero sin darme cuenta. Y cuando la cerveza nos tenía en sus manos y nos mecía, y ambos estábamos calientísimos nos fuimos a un motel. Jodido lugar. Apenas tenían suites desocupadas y yo no tenía ni un quinto. Entonces C se ofreció a pagar (o quizá yo se lo sugerí). Y después que C le dio el dinero al encargado tuvimos una noche apresurada. Aunque me había masturbado un par de ocasiones antes de salir de mi casa, mi verga apenas aguantó dos sesiones. Y la segunda fue un asunto de espanto. Sí, fue una mala experiencia.
Cada noche que yo le contaba un nuevo episodio a Jaja, él daba un ladrido y movía la cola de un lado a otro.
Otra ocasión le conté de cuando C amó. Había sido un amor indigno y atroz, pero C no oía palabra alguna y no veía más allá del cuerpo del hombre al que amaba. Ese amor se tradujo en angustias y C cada vez fue peor. Al mismo tiempo que C amó, yo me enamoré de ella. Y mi amor también se volvió indigno y atroz, pero a diferencia de su amor, el mío no tuvo el vigor suficiente para cegarme por completo. Yo podía escuchar y ver más allá de ella, aunque eran percepciones mínimas, eso era una ventaja.
Cuando el efecto de aquel amor fue disminuyendo, C comenzó a beber con regularidad. Yo la acompañé un par de veces. Pero en ninguna de esas dos ocasiones yo bebí. Ella bebía con quien quisiera beber, y yo me limitaba a verla de lejos. En ambas ocasiones, cuando C ya estaba ebria y quería irse a su casa, procedió de la misma manera: me tomó de la mano y salimos a la calle. Y antes de poderla subir a un taxi, se tiró en la banqueta, abrió las piernas, se subió la falda y puso a disposición de quien pasara por ahí su calzón blanco y sus largos vellos púbicos que escapaban por el borde de su calzón. Y después de tardar algunos minutos en pararla, C quiso comprar vodka y seguir bebiendo en su casa. Bueno, las borracheras tampoco eran cosa que le asentaran.
Pero un día C dejó el alcohol. Y entonces ella y yo seguimos saliendo pero todo lo que tomábamos eran cafés o tés. Y en una de esas salidas, luego de tomar algunos cafés y de calentarnos en ese café-bar, salimos a la calle y fajamos bajo una lámpara de escueta luz. Al poco rato pasó una patrulla, y yo tuve la suerte (¿sí?) de verla, y entonces desenterré mi cara de sus grandes tetas y quité mi mano de sus nalgas. Y ella devolvió mi verga a mi pantalón y se colgó de mi cuello. Y luego, aún calientes, cada quien caminó por su lado. La espontaneidad también la jodía.

Y cuando me enteré de su muerte no tardé en decírselo a Jaja. Todo en la vida de C había sido eso. Alcé mis hombros, ladeé mi cabeza y antes de estallar en una carcajada tuve un último recuerdo de ella. Recordé cuando yo iba en el colectivo y la confundí con un borracho que estaba tirado en la esquina de una calle, cerca de una maceta, y caprichosamente tenía puesto un vestido café y unos zapatos de hombre; yo me apeé del colectivo y comprobando que no era ella abordé el siguiente. Luego de ese recuerdo lo dije: bueno, de todos modos, su vida había sido una mala experiencia. Jaja ladró, y en lugar de mover la cola esta vez se meó en la pata de mi cama. 





Por Eduardo Villaraldo. Estudiante de Derecho en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.